martes, 11 de enero de 2011

189. ARDOR GUERRERO / ANTONIO MUÑOZ MOLINA

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De entre los hijos de mala madre (entiéndase, EL PAIS) de los que a veces tratamos aquí, Antonio Muñoz Molina no es de los peores. De vez en cuando saca la patita y dice algo que no va con la línea oficial. Pero no mucho, por si acaso. Ser Premio Nacional de Literatura a la tercera o cuarta novela (a los treinta y tantos años), miembro de la Real Academia a los cuarenta o director del Instituto de Cervantes en Nueva York hasta los cincuenta, no son honores como para morder la mano de quien te los dio. Así que el olor a progrez no se le va a este hombre por mucho que empezara a desencantarse del socialismo oficial en los años de Felipe Gónzalez.

Yo no hubiera comprado jamás un libro suyo, o yo no hubiera comprado éste libro que comento aquí (de pasada y sin mayor entusiasmo), si no hubiera sido porque la mili es un tema del que se ha escrito tan poco que cualquier reflexión sobre su naturaleza o cualquier historia más o menos coherente sobre la forma en que se vivía, me parece digna de ser tenida en cuenta.

Muñoz Molina entró en la mili al poco de licenciarme yo y de la misma guisa (con el reemplazo y al final de las prorrogas por estudios), de manera que el material de que trata me es absolutamente conocido y familiar. En los meses de campamento o los meses de cuartel, más que unos folios y un bolígrafo para escribir sobre lo que estaba viviendo, yo eché en falta una cámara fotográfica lo suficientemente disimulada como para poder burlar esa prohibición de hacer fotos que es ley en todo recinto militar. Las imágenes de la mili me parecían tener una fuerza de expresión y de denuncia mucho mayor que la propia narración de las miserias humanas que se vivían diariamente. Además, en aquel tiempo, yo estaba ya bastante ocupado en escribir cartas de amor como para pensar en dedicar reflexiones a los berzas que tenía alrededor, fueran soldados, cabos, sargentos, brigadas, tenientes o capitanes (los coroneles eran dios y no estaban alrededor).

Por lo que cuenta Muñoz Molina en Ardor Guerrero, libro escrito en forma de novela autobiográfica quince años después de su mili, él también debió de dedicar su paso por el ejercito a escribir cartas de amor a su novia, no sé si ya entonces la también hija putativa de ElPaís, Elvira Lindo, o acaso alguna otra anterior. Tanto da. Quince años son muchos para revivir unas sordideces cuyo relato, creo yo, requieren de mucha mayor proximidad para no incurrir en la literatura.

Muñoz Molina escribe pesado, o recargado. Y cansa, claro. Escribe bien, pero lo hace sin gracia, como rellenando folios porque sí, porque escribir libros es eso, rellenar folios y folios hasta que pesen lo que demanda una editorial. Y lo consigue; consigue apilar un capítulo tras otro hasta llegar a XXIII, nombrados así, con números romanos, sin título ni mayor vertebración. Como muy bien decían los militares de él, es un buen escribiente, pero yo digo que le falta gracia, le falta nervio, y para entrar en los temas más sórdidos de la vida humana (y la mili lo es) sin gracia no se va a ninguna parte, y sin nervio ni orden aburres a un santo, acabas por ser un pelma, un pesado.

Sólo hay un capítulo donde me reí un poco. No lo voy a buscar porque no quiero perder mucho tiempo en comentar este libro, pero es el que trata de la contabilidad de la cocina y el descubrimiento de que la burocracia militar es el invento del mundo ideal, es decir, exactamente lo mismo que la burocracia del socialismo real (eso ya no lo dice MM).

El libro se cierra con un recurso literario al drama: la muerte en accidente del mejor amigo que hizo en la mili y el tardío conocimiento de la noticia. Pero el tema del libro no era ese. Anda que no era ya bastante dramón la propia mili.

En un blog de internet, EL RASTRO DE ONAGRO, he encontrado otra reseña del libro. Tiene bastante razón “Curumir” en lo que dice, así que para qué voy a escribir yo más, si yo no soy un escribiente de pago sino un escribidor de por libre. Y que lo que me puede pasar si sigo escribiendo es decir cosas como que si Muñoz Molina no para de dar vueltas en su libro al olor a cutrez del petate y de la ropa militar, olor que no se va nunca jamás, pues que a Muñoz Molina no se le va el olor a progrez por mucho que se airee en las universidades americanas o en la mismísima Nueva York. Y no hay cosa peor que contagiarse, es decir, acabar diciendo las mismas tontadas que el escritor al que criticas.
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